
La hermandad de la Misericordia tiene, tras la fusión llevada a cabo en el año 2000, los siguientes titulares:
| El
Santísimo Sacramento |
Los
Santos Mártires de Córdoba |
El
Santísimo Cristo de la Misericordia |
Nuestra
Señora de las Lágrimas en su Desamparo |
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Eje
y centro de la liturgia de la Iglesia y de la vida cristiana en su totalidad,
el Santísimo Sacramento de la Eucaristía mentiene viva la presencia
de Cristo en el mundo, haciendo realidad su promesa: “Yo estaré con
vosotros hasta la consumación del mundo”.
Desde los primeros siglos del Cristianismo, la religiosidad popular entendió la importancia del Santísimo Sacramento y arraigó la devoción hacia Jesús Sacramentado. La proliferación de hermandades del Santísimo Sacramento en las parroquias cordobesas durante el siglo XVI es un buen síntoma de ello, y en la actualidad las cofradías mantienen esta devoción, que se manifiesta públicamente cada año en la organización y presencia en la procesión del Corpus Christi.
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Se incluyen a continuación algunos datos sobre los Mártires cuyas reliquias, según la tradición, se conservan en la urna de plata custodiada en la parroquia de San Pedro.A ciencia cierta, poco se sabe de estos Santos Mártires. Escasas noticias, transmitidas muchas veces de forma tradicional pero sin apoyatura documental, apenas son algunos detalles de las vidas y martirios de estos cristianos cordobeses. Sin embargo, se sabe con total seguridad, por la investigación llevada a cabo sobre dichas reliquias en 1997 y 1998 por los doctores Fernández Dueñas y Felipe Toledo, que en la urna hay restos humanos de dos épocas distanciadas por varios siglos, que perfectamente podrían corresponder al tiempo transcurrido entre las persecuciones romana y califal.En cualquier caso, los Santos Mártires siguen siendo un testimonio devocional de primera magnitud y un ejemplo para los cristianos de todos los tiempos. |

17 NOVIEMBRE 204

Los
invictos Mártires hermanos Acisclo y Victoria, llenos de celo por
la fe y religión cristiana, sufrieron martirio en la persecución
de los emperadores romanos Severo y Antonino por el año 204.
Vivían bajo el cuidado de una noble matrona llamada Mintiana, cuando fueron denunciados por cristianos y llevados en presencia del juez, el cual se esforzó por arrancarles la fe de Cristo y viendo su fracaso los condenó a los horrores de la cárcel, a los tormentos de los, azotes, del fuego y del agua, y vista su invictísima constancia, mandó cortar los pechos y la lengua a Victoria, siendo asaeteada posteriormente en el Anfiteatro romano, al mismo tiempo que su hermano Acisclo era degollado a orillas del río. El cadáver de Santa Victoria fue trasladado por Minciana, al mismo lugar donde yacía San Acisclo y donde posteriormente, sobre su sepulcro, fue construida la célebre Basílica.
Allí permanecieron varios siglos recibiendo el devoto culto de los cordobeses, repartiéndose sus preciadas reliquias en diferentes ocasiones. San Eulogio envió una al obispo de Pamplona; en el Monasterio de San Román, cerca de la ciudad de Toro, existen reliquias desde el siglo VII; de igual tiempo las hay en la ermita de Santiago del Camino en Medina Sidonia; hacia el año 810 fueron trasladadas sus cabezas y gran parte de sus cuerpos a Tolosa en Francia; en el monasterio benedictino de San Salvador de Breda, hay 62 trozos de huesos y las reliquias que quedaron en Córdoba, fueron sepultadas juntamente con los demás mártires en el sepulcro que providencialmente fue hallado el día 21 de noviembre de 1575 en la Iglesia de San Pedro, donde en la actualidad son veneradas.
San Zoilo, varón noble, cordobés, padeció martirio en compañía de otros 19 cristianos entre ellos San Feliz, durante la persecución romana de Diocleciano y Maximiano, el 25 de junio del año 303.
Todos, con valor, confesaron la fe de Cristo ante el juez, quien irritado, los condenó a los más crueles azotes, a los garfios de hierro y por último a ser decapitados, siendo enterrados en el mismo sitio de los peregrinos, para que no fuesen venerados por los demás cristianos.
Pasaron más de tres siglos cuando el obispo de Córdoba, Agapito, por revelación del mismo San Zoilo, halló su cuerpo con la ropa bañada en sangre, enterrándolo con el cuerpo de su compañero San Feliz, en la parroquia hoy de San Andrés, que fue de San Feliz y después San Zoilo.
En el año 1070, la mayor parte de sus reliquias fueron llevadas á Carrión de los Condes (Palencia) por Fernán Gómez, y las que en Córdoba quedaron, fueron ocultadas con las de otros mártires en el sepulcro de San Pedro.
El 18 de junio de 1714, se trajo una canilla de un brazo de San Zoilo para depositarla en la ermita de su nombre, junto a la Iglesia de San Miguel.
Siendo Eugenio Presidente Romano de la Bética, mandó investigar el número de cristianos que había en Córdoba, siéndole presentados estos tres jóvenes valerosos que, ni con halagos ni amenazas pudo hacerles apostatar. Enfurecido, mandó torturarlos en el potro, cortarle las orejas y narices y persistiendo los Santos en su fe, ordenó quemarlos vivos.
El Señor no permitió que se quemaran totalmente sus cuerpos, según nos dicen las Revelaciones de San Rafael, siendo enterrados en el sitio donde después se levantó la Iglesia de los Tres Santos, hoy de San Pedro.
Ocurrió al obispo Agapito, en tiempos del Rey Sisebuto que sucedió a Gundemaro, estando una noche en sueños, se apareció el mártir San Zoilo diciéndole el lugar donde estaba sepultado su sagrado cuerpo.
Ante tal prodigio, convocó el obispo a su Cabildo y clero, trasladándose al lugar señalado donde él comenzó a cavar hasta encontrar el sagrado cuerpo con su ropa bañada en sangre. Dispuso su traslado a la iglesia de San Feliz, mártir compañero de San Zoilo, donde le sepultaron con gran pompa y magnificencia. Dicha Iglesia, hoy de San Andrés, la amplió haciendo grandes obras y desde entonces la tituló con el nombre de San Zoilo.
Según parece, este virtuoso confesor y obispo, fue enterrado en dicha iglesia, toda vez que por las memorias del monasterio de San Juan Bautista en Carrión, consta que allí fue llevado con los cuerpos de San Zoilo y San Feliz, traslación que hizo el Conde Fernán Gómez él año 1070.
Este monasterio, que después se tituló de San Zoilo, fue fundado por la madre del Conde para unas monjas repatriadas de esta ciudad de Córdoba. Por todo ello, si después de esta traslación quedaron en Córdoba reliquias de los Santos Mártires Zoilo y Feliz, es común discurrir que quedasen del obispo Agapito y todos juntos fuesen depositados en el sepulcro hallado en San Pedro el año 1575.
Florecían los ilustres maestros de la basílica de San Acisclo, cuando fue mandado a educar el joven Perfecto, quien rápidamente descolló por su sabiduría y facilidad para el estudio, siendo conocido hasta por la perfección con que aprendió la lengua arábiga.
Recibido a su debido tiempo el Sacro Orden del Sacerdocio, salió cierto día por el centro de la ciudad, donde un grupo de moros maliciosamente le preguntan su sentir sobre Mahoma, a lo cual se niega Perfecto por temor a que le delataran; los moros entonces juran no vengarse y comienza a decirles sus sentimientos. El grupo de oyentes retiene por la palabra dada, la ira que les embargaba al oír tan claras manifestaciones cristianas contra el falso profeta Mahoma. Terminadas sus explicaciones, los moros atónitos y confusos le dejan marchar, ocultando por entonces el odio que concebían.
Pasaron algunos días y en un nuevo encuentro con los moros, lo cercan y con furia y desprecio le llevan a empellones delante del juez, acusándole de haber hablado mal de Mahoma. Perfecto niega inadvertidamente, pero el juez le condena a cárcel mientras llegaba la Pascua, fecha en "que le quitarían la vida como festín público. Una vez cargado de cadenas y tormentos en la cárcel, el santo volvió sobre sí y no solo afirmó ser cierta la acusación, sino deseando morir por Cristo, que sin El salvar la vida.
Fue el glorioso martirio de este santo, primero de la persecución mahometana, el 18 de abril del año 850, siendo sepultado su cuerpo en la Basílica de San Acisclo donde se crió y educó.
Siendo natural de Beja (Portugal) vino a Córdoba para estudiar en sus célebres escuelas, educándose en la basílica de San Acisclo, donde joven aún recibió la orden del diaconado. Cierto día tuvo una aparición de los Santos Mártires ya gloriosos, Pedro y Walabonso, los cuales le invitaron a seguir sus huellas, por lo que presto se dirigió al tribunal detestando la falsedad mahometana y proclamando las verdades de Cristo, siendo por ello condenado en una mazmorra y después a muerte en el lugar acostumbrado frente a las puertas de palacio, hoy Campo Santo de los Mártires: Fue su glorioso martirio el 16 de julio año de 851. Su cadáver desde dicho lugar fue recogido varios días después por unas piadosas mujeres que le llevaron a enterrar a la floreciente basílica de San Acisclo; hoy se veneran sus sagradas reliquias en la urna de la parroquia de San Pedro.
Era este santo natural de Córdoba y en edad juvenil pasó a educarse a la Basílica de San Zoilo, donde sobresalía por su carácter amable, obediente y misericordioso, sobre todo con los encarcelados a quienes a menudo visitaba.
El ejemplo de su buen amigo Sisenando le encendió en deseos de martirio, haciendo la protestación de fe acostumbrada ante los jueces, siendo condenado a martirio y degollado en la plaza del palacio el día 20 de julio del año 851.
Su sagrado cuerpo fue sepultado en la misma basílica donde se educó siendo allí venerado hasta que fueron trasladadas sus reliquias al sepulcro de San Pedro.
Muy joven recibió el martirio este santo natural de Carmona, el cual enfervorizado por ejemplo de su amigo Pablo, siguió sus mismos pasos guiado por la moción divina. Fue decapitado en el mismo lugar y enterrado en San Zoilo, con los honores correspondientes a esta legión de Santos Mártires, educados en esta floreciente basílica de San Zoilo, hoy parroquia de San Andrés. Sus reliquias al igual que las demás repartidas entre las iglesias de la ciudad, fueron llevadas al sepulcro de la parroquia de San Pedro.
Era Flora una hermosa joven nacida de padre moro y madre cristiana, la cual muerto el padre, fue educada cristianamente, floreciendo en virtudes. Tenía un hermano fanático mahometano, el cual la perseguía para que abandonara el cristianismo, y no consiguiéndolo, la denunció al tribunal quien la encarceló tras de duros tormentos.
Vuelta a su casa, huyó a Martos junto a otra hermana, desde donde sintió la llamada divina del martirio, volviendo a Córdoba con este designio. Dirigióse a la basílica de San Acisclo para encomendarse a su patrocinio, y estando en ella, tuvo la grata sorpresa de encontrarse con María, monja del monasterio de Cuteclara, la cual siguiendo el ejemplo martirial de su santo hermano Walabonso, venía a Córdoba a presentarse al juez.
Juntas se fueron al tribunal y juntas hicieron la profesión de fe, por lo que fueron encerradas en la cárcel, donde a la sazón se encontraba preso el obispo, San Eulogio y algunos clérigos más, los cuales las enfervorizaron aún más, por lo que el juez viendo su constancia invencible, las mandó degollar en la plaza ante las puertas del palacio.
Fue su glorioso tránsito el día 24 de noviembre del año 851 y sus sagrados cuerpos después de varios días, arrojados al río, de donde los cristianos pudieron salvar sus cabezas y sólo el cuerpo de Santa María que llevaron al monasterio de Cuteclara.
Los cráneos fueron sepultados en la Basílica de San Acisclo y hoy reciben veneración en la urna de San Pedro.
Era hija de padres moros, pero tuvo la dicha de recibir la fe y el bautismo por diligencia de un caballero cristiano que en segundas nupcias casó con su madre. Adornada de bellas cualidades y virtudes, casó con Aurelio, otro santo mártir cordobés, los cuales viviendo santamente y poseyendo cuantiosos bienes, tuvieron dos hijas que aún pequeñas, acomodaron en el monasterio Tabanense, toda vez que movidos por inspiración divina, entregaron sus vidas al Creador, al ser detenidos y llevados ante el juez y al fin degollados junto a los santos mártires Jorge, Félix y Liliosa.
Sus sagrados cuerpos, al cabo de tres días, fueron recogidos y sepultados en diferentes lugares: San Aurelio y San Jorge, en el monasterio de Peña Melaria; San Félix en la iglesia de San Cristóbal; Santa Liliosa en el monasterio de San Ginés y por último Santa Sabigoto fue enterrada en la basílica de los Tres Santos, hoy Iglesia de San Pedro, donde sus sagradas reliquias reciben el culto de los cordobeses.
Era San Cristóbal discípulo de San Eulogio cuando ingresó monje en el monasterio de San Martín, edificado en plena sierra cordobesa, donde dio numerosos ejemplos de santidad a cuantos le trataban, más teniendo noticias del martirio del santo matrimonio Aurelio y Sabigoto y demás compañeros, no dudó un solo momento en presentarse al juez y confesar valerosamente la fe que había profesado, por lo que fue encarcelado con durísimas cadenas.
Con este mismo fin y para lograr igual corona, se presentó otro monje, llamado Leovigildo, del monasterio de los Santos Justo y Pastor que está situado en el interior de la sierra, el cual condenado en la misma mazmorra donde estaba San Cristóbal, sufría iguales tormentos.
Ambos se animaron y fortalecieron para recibir el martirio que fue ejecutado en la plaza junto al palacio moro el día 20 de agosto del 852. Sus sagrados cuerpos fueron arrojados a las llamas, pero antes de que éstas los consumieran, fueron recogidos por los fieles, dándoles sepultura en la basílica de San Zoilo, hoy San Andrés.
Según las revelaciones de San Rafael, sus Reliquias están conservadas en la Urna Sagrada de San Pedro.
Estos dos santos varones, hijos de nobles familias cordobesas, se educaron juntos en la basílica de San Cipriano, donde aprendieron las buenas letras y salieron muy doctos en la lengua arábiga.
San Émila recibió el sagrado orden del diaconado y aunque San Jeremías siguió seglar, ambos sentían en su alma el ver ultrajado el nombre de Cristo, por lo que armados con la fe y animados de esperanza por alcanzar la gloria que otros santos mártires anteriores habían obtenido, se presentaron al juez a quien, en lengua arábiga que tan elocuentemente hablaban, demostraron la verdad de nuestra religión y la impiedad y superstición de la mahometana, siendo rápidamente condenados a muerte que sufrieron gloriosamente el día 15 de 5eptiembre de 1852. Sus cadáveres fueron colgados en palos en el Campo de la Verdad, y después echados al fuego con otros Santos Mártires, siendo sacadas sus Reliquias de entre las llamas y repartidas por las iglesias.
Según la nómina de las reliquias que se hallan en la Cámara Santa de la Iglesia Catedral de Oviedo, existen allí de San Émila y San Jeremías y por las Revelaciones de San Rafael sabemos que en el sepulcro hallado en San Pedro, había Reliquias y que hoy reciben culto en la preciada Urna.
Era San Rogelio un anciano monje venido de una aldea cercana a Granada, que victorioso se presentó en la lucha contra el islamismo en tiempos de Abderramán II y San Servio Deo, joven peregrino que desde Oriente cruzó los mares y vino a fijar su residencia, que poco tiempo disfrutó, en Córdoba. Estos dos campeones, se unieron con valor en dar la vida por Cristo, prometiéndose mutuamente no apartarse ni en la muerte. Pensaron una hazaña con espíritu valeroso; era día en que la multitud moruna acudía a la Mezquita Mayor para adorar a Mahoma, y cuando mayor era la afluencia, ellos penetran en la Mezquita y armados de gran constancia, fe y valentía, cada uno por su parte, comienzan a predicar el Evangelio; los moros montados en cólera, arremeten contra ellos abofeteándolos, dándoles golpes y maltratándolos de tal forma que al no acudir el Juez, no salen con vida de allí. Mandó ponerlos en la cárcel, donde continuaron los fieles dándoles sepultura en la basílica de San Zoilo, hoy San Andrés.
Según las revelaciones de San Rafael, sus Reliquias están conservadas en la urna sagrada de San Pedro.
Era San Elías natural de la provincia de Lusitania, hombre temeroso de Dios y desengañado, por lo que se dedicó al servicio de la Iglesia y al fin vino a ser sacerdote. Vivía en Córdoba al tiempo que la tiranía mahometana llenaba de santos el cielo y a la ciudad: de honra con tan altos intercesores.
Determinó entregar su vida al Creador defendiendo su doctrina, ya tal fin concertó tan notabilísima empresa con dos jóvenes de santa vida y loables costumbres, monjes ambos llamados Pablo e Isidoro, los cuales se presentaron juntos al juez, quien oída su profesión de fe, los mandó al momento decapitar en el lugar acostumbrado, junto a las puertas de Palacio el día 17 de abril del año 856.
Sus cuerpos fueron primero clavados en patíbulos para escarmiento de los cristianos y después arrojados al río, de donde los fieles con gran diligencia sacaron algunas reliquias que repartieron según costumbre, por las diversas Iglesias de la ciudad. Según revelación del Santo Custodio, en el sepulcro hallado en la parroquia de San Pedro, había reliquias del presbítero San Elías.
Confesor de Cristo, era Argimiro varón noble natural de Córdoba, donde cultivó toda su vida la fe con esmero y cuidado y donde por su gran ingenio, gobierno político y máximas admirables, se fue ganando la estimación del entonces rey moro en Córdoba Abderramán II, hasta conferirle el alto cargo de censor.
Pero como la diversidad de religión atrajo al poco tiempo su desestima, fue arrojado del mando y empleo nuestro santo Argimiro, dedicándose entonces por completo al servicio de Dios y profesando la vida monástica.
N o dejaban sus enemigos de perseguirlo hasta que un día le denunciaron ante el juez, quien oyendo la profesión de su fe católica y la detestación de la secta mahometana, no pudo contener su enojo y con su misma espada atravesó el cuerpo del Santo, dejándolo muerto. Fue su glorioso triunfo el día 28 de junio del año 856, aunque la Iglesia de Córdoba lo celebra el día 7 de julio.
El cadáver de este santo fue puesto en un palo para escarmiento de los cristianos quienes después de algunos días le dieron honrosa sepultura en la célebre basílica de San Acisclo, desde donde fue trasladado al sepulcro de la Iglesia de San Pedro y donde hoy recibe rendida veneración.
Fue esta Santa doncella hija de un gobernador, la cual aunque criada en su niñez entre las delicias y blandas caricias correspondientes a su nacimiento, a la muerte de su madre, persuadió al padre a que le dejase un lugar apartado de su palacio para proseguir la divina vocación que le ilustraba. Las guerras destruyeron la ciudad de su nacimiento y vinieron a vivir a Córdoba donde se unió enseguida a una congregación religiosa en la que pasó tres años de vida asperísima con las mortificaciones.
En esta misma circunstancia de tiempo, había en Francia un virtuoso varón llamado Vulfurano, el cual cierta noche en sueños, vio a Jesucristo que le mandaba venir a Córdoba a padecer martirio, junto a una virgen llamada Argentea. Púsose en camino y llegó a Córdoba donde encontró presto a Argentea con gran alegría de su alma y a la cual habló del origen de su viaje. Alentada la santa con sus palabras, no dudaron en presentarse al juez para hacer la profesión de su fe católica, siendo encarcelados con grandes tormentos y a Santa Argentea cortada su lengua para después ser ejecutados, con gran paciencia y serenidad, el día 13 de mayo del año 931. Llegada la noche, recogieron los cristianos sus cuerpos y con asistencia del obispo y clero les dieron solemne sepultura. A San Vulfurano en un cementerio cuyo nombre se ignora y a Santa Argentea, en el de la basílica de los Tres Santos, hoy San Pedro, donde sus reliquias son veneradas con toda devoción y las tenemos para nuestro consuelo en magnífico relicario de plata.
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El
Cristo de la Misericordia antes de la restauración de 1939
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El Santísimo Cristo de la Misericordia es una imagen de Cristo crucificado, de autoría anónima y datable, según los estudios realizados sobre él, a finales del siglo XVI. El profesor Rafael Rivera Valle, que lo sometió a una minuciosa restauración en 1983, explicó que, en su opinión, representa el momento del desplome, es decir, el inmediatamente posterior a la Expiración, aunque la presencia de la llaga en el costado no parece confirmar esta teoría.
La imagen se puede catalogar en el estilo manierista, y muestra con un perfil muy estilizado y una cintura significativamente estrecha. La cabeza aparece inclinada hacia su derecha, los ojos y la boca están ligeramente entreabiertos y la colocación de la melena deja al descubierto con claridad la parte izquierda del rostro.
El
Cristo de la Misericordia en otra vista anterior a la restauración
de 1939
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El Santísimo Cristo de la Misericordia comparte características de las llamadas escuela sevillana y escuela granadina de la escultura andaluza de su tiempo, por lo que no es fácil adscribirlo a una u otra. En cualquier caso, la finura de la talla y la delicadeza de la anatomización muestran sin duda alguna la mano y las gubias de un artista perfectamente conocedor de la técnica imaginera.
Como queda dicho, no se conoce el nombre de su autor ni la fecha exacta de su creación o consagración, ya que durante la citada restauración operada en 1983 se encontró en su interior un documento escrito, pero que hacía referencia exclusivamente a otra restauración anterior, operada en 1939 y llevada a cabo por el artista cordobés Rafael Díaz Peno, director artístico de la hermandad durante muchos años.
Primer
plano del Cristo de la Misericordia en foto tomada poco después
de la restauración de 1983
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La restauración de 1939 no se limitó a reparar las partes que por el paso del tiempo hubieran necesitado un arreglo, sino que modificó sustancialmente el aspecto de la imagen. En efecto, manipuló la barba, que fue reducida en tamaño y minuciosidad del tallado de forma muy significativa, añadió algunas partes de escayola en la melena, sustituyó la corona de espinas, probablemente modificó la policromía aunque este dato no es seguro, porque las fotos anteriores a esa restauración son todas en blano y negro y policromó el sudario, que anteriormente era de color blanco liso y en el que incluso llegó a estampar el escudo de la hermandad fundada en 1937. Dada la imposibilidad de recuperación del original que produjeron algunas de estas actuaciones, la restauración de 1983 mantuvo el aspecto que la imagen había ofrecido desde 1939, retirándole solamente el añadido de escayola en la melena.
Lleva la imagen sus potencias originales de plata sobredorada, realizadas en un taller de platería de Córdoba en el siglo XVII.
El
Cristo de la Misericordia en el besapiés del año
1992, celebrado en el monasiterio de Santa Marta
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Nuestra
Señora de las Lágrimas en su Desamparo en una foto
de 1974
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Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo es una imagen de autoría anónima, que –al haber sido titular de una hermandad de los Dolores fundada en los años finales del siglo XVII– tuvo que ser tallada, como mínimo, en la fecha citada (último tercio del siglo XVII), si bien algunas opiniones adelantan su creación hasta un siglo antes. Su aspecto externo no difiere sustancialmente del de tantas otras imágenes de su estilo y época: es una imagen de vestir, con una estatura de 1,64 metros, ojos grandes con pestañas naturales y lágrimas de cristal, a razón de cuatro por mejilla, y boca entreabierta que deja ver algunos dientes. Parece ser que las manos son de época posterior.
La
imagen en 1987, en el monasterio de Santa Marta
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Al hacerse cargo de la efigie la hermandad de la Misericordia, en 1950, fue sometida a una primera restauración por Rafael Díaz Fernández; en dicha restauración se descubrió que el rostro no es de madera tallada, sino de terracota policromada. Otra restauración, que consistió exclusivamente en la reparación de algunas pequeñas grietas, le fue practicada a la imagen en 1978 por Manuel Camacho Melero. En 1987 Ignacio Torronteras Paz le hizo un nuevo candelero y adelantó ligerísimamente su torso.
Primer
plano de la venerada imagen
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Del valioso ajuar de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo destaca especialmente la corona procesional, de plata cincelada y dorada con aplicaciones de oro y pedrería, realizada en 1954 por el orfebre cordobés Rafael Peidró. Lleva la corona rica iconografía: en la parte frontal del canasto aparece el escudo de la hermandad, escoltado por las imágenes de San Acisclo y Santa Victoria; en la parte trasera, la tiara pontificia –símbolo de la parroquia de San Pedro– está acompañada de otros dos Mártires cordobeses: San Eulogio y San Marcial. La parte central del resplandor reproduce, en su frontal, la urna con las reliquias de los Santos Mártires que se custodia en San Pedro, y en su trasera hay una inscripción relativa a los donantes.
Corona
procesional de Nuestra Señora de las Lágrimas en
su Desamparo
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La corona ha sido exhibida en tres exposiciones de arte cofrade: en 1987, en la muestra Córdoba y sus cofradías, coordinada por la Agrupación de Cofradías de Córdoba; en 1993, en la exposición Misericordia’93, organizada por nuestra hermandad en el Museo Diocesano de Córdoba con motivo del IV Encuentro de Hermandades de la Misericordia de Andalucía, y en 1997, en la primera edición de Munarco (Muestra Nacional de Artesanía Cofrade), celebrada en Sevilla.

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