ANTOLOGÍA DE PREGONES DE LA SEMANA SANTA DE CÓRDOBA

En esta sección irán incluyendo fragmentos escogidos de pregones de la Semana Santa de Córdoba. Hay que recordar algunos datos curiosos:

Los pregones de los que a continuación se reproducen fragmentos son los siguientes:

1955
1957
1958
1959
1966
1971
1972
1975
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
1996
1997
1998
1999
2000
2001
2002
2003
2004
2005

Pregón 1955

Y en esa tarde, saldrá el Jesús Caído, vieja devoción, constelación de milagros, regalo del maestrescuela Bañuelos a los frailes; ese Jesús Caído, que tiene sobre sí las mejores Bulas pontificias, y en cuyo rezo se han sucedido nobles y toreros, ya quien rindió Lagartijo, señor de señores en los ruedos, as de ases, fuste tallado y coloso de la torería, esa túnica lujosa, dorada, negra, porque a ese Jesús tenia Rafael en su memoria cuando la muerte, con sus estrellas negras en las puntas de ciprés de los pitones, andaba rondándole al Califa el alcázar de su corazón. Jesús Caído, con los ojos, rasgados, sumidos en el suelo; con la mano convulsa, apoyada en la tierra; y la Virgen del Mayor Dolor, en su Soledad, bajo el palio de luto, reina de la torería antigua, como una torre pálida a cuyas almenas de llanto subirán, conquistándola, las lágrimas de las cordobesas. Irán por la Cuesta de San Cayetano, diciéndole adiós a la noche del Jueves.

Y temblarán también, allá en el Realejo, las manos abiertas, agotadas, del Cristo de Gracia, traído de la Puebla de los Angeles; nacido de un bambú, para mayor flexibilidad de sus perdones, para señalamos como es de frágil la naturaleza, pero cómo puede también, como el bambú, mantenerse, vibrante, contra todos los vientos y las tinieblas. Con el Cristo de Gracia, la Magdalena y San Juan una vez más, con Jesús, las tierra expresada por sus criaturas más próximas a Dios y sobre oro, caoba y plata, los grandes faroles de madera liturgizada, incensada, alumbrarán la patética y colgante crencha del Cristo, mientras, bajo ella, irá naciéndole, como un pequeño río, la herida del costado.

Y en la plaza del Potro, desembocará el paso rojo, el paso “sangre”, de la Caridad. Un Cristo a cuyos pies han rezado emperadores, capitanes, reyes, héroes, pueblo, duques; y por él, en esa plaza del Potro, cruzarán, en sombras, pero ciertos y visibles, un Carlos de Yuste, un Felipe del Escorial, un Gonzalo de Ceriñola, un duque de Sessa. Cuatro siglos atestiguan la Caridad que alumbra y sostiene este Crucificado. Cuatro siglos de orgullo, legítimo, de Córdoba, por su gala y lujo y hermosura y manifestación alucinante. Cuatro siglos equilibrándose; por este Cristo, la magnificencia del boato y la caridad más anchurosa. Cuatro siglos en que, para la caridad, todo el año es Semana Santa para sus hermanos. Cientos de severas túnicas negras y de capirotes rojos, que hacen de cada cabeza de cofrade como un fuego iluminador, rezarán, en silencio, al Cristo de la Caridad ya su Dolorosa, ante las piedras del viejo Hospital del Potro, mientras la noche, hermana clarísima del Guadalquivir, dejará oír, lejanos, los sonoros tambores del Tercio acompañante, y de cerca, al son cardíaco de sus cuatro cirios de sangre, como cuatro venas partidas y derramadas en el paso, ya no se sabrá, con tanto clavel, tanto cirio, tanta hermosura, tanta sangre, si el paso será sangre del Cristo que por la “aorta” de la Cruz ha bajado a buscar al corazón del hombre para redimirle, o si es sangre del hombre, que por la vena de la Cruz busca el corazón de Cristo, para en una gloriosa transfusión del amor, devolverle la vida que le estamos quitando a cada paso.

Francisco Montero Galvache: Pregón de Semana Santa 1955

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Pregón 1957

Así queda abierta la Semana Santa. Ya puede vérsele de par en par. Tan claramente como en aquella congoja de Lope de Vega: “y abrió por el Santo pecho tanta herida a Cristo Santo que se le vio el corazón como a buen cristiano”. Así se le ve a la Pasión cordobesa todo su corazón. Cinco grandes columnas la sostienen desde la luz de la tarde del lunes a la mañana del miércoles. La Sentencia, el Remedio de Animas, el Prendimiento, la Oración del Huerto, la Expiración. Sigue la impaciencia por llegar a la vía unitiva con Cristo. El Domingo de Ramos ha sido la preparación. El Lunes y el Martes Santos alternan lo que tiene la Pasión de amargura y lo que tiene de magisterio. Miremos los pasos antes de que vayan al clamor popular de la calle. En San Nicolás de la Villa nos aguarda la Sentencia. Pasemos bajo la aguda puerta. La veremos sobre las tallas de sus tres arcángeles y su ángel custodio.
Es la iglesia que exaltamos como de las conchas visionarias del dogma de la Purísima. Jesús de la Sentencia está erguido, con una impresionante dignidad llena de blancura. A su lado, Pilatos, el poder de la Tierra. Lo de menos en la Sentencia es la jerarquía estética. Lo de menos, sus ciriales salomónicos. Lo de menos, el resplandor de su canastilla con relumbres. El paso tiene otra jerarquía a la que rinden homenaje las túnicas de un color señorial: el rojo cardenalicio. Es la jerarquía de los ojos de Jesús. Son negros, graves sosegadamente quietos en la pronta consecución de su Obra. “No hay que pensar parece decirnos en la dureza con que la Tierra procede. Hay que vivir hacia arriba, hacia la Eternidad. La misma injusticia de la Sentencia que a Él le condenó, vuelve a consumarse cada vez que el justo se roza con el mundo. Gesto digno, empaque celestial, el del alma de Cristo volcada en sus ojos. Le cae, sedoso y brillante, el cabello sobre la blancura labrada de los hombros. La barba, nazarena, se adelanta, rígida, hacia su pueblo. “Mi reino no es de este mundo”, dice el Jesús de San Nicolás. Lo dice: “En el rojo cardenal que flamean los nazarenos del Jesús de la Sentencia en el fulgor de sus rezos”. Es el paso de la mirada. Una Cofradía que nos hace pensar, ciertamente, en que los grandes ojos de la Providencia están sobre nosotros. Que nos ven. Que nos calan. Que nos aman.

Francisco Montero Galvache: Pregón de Semana Santa 1957

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Pregón 1958

Parece oportuno aludir a la Semana Santa española, en términos genéricos. Tiene, en las horas actuales, una muy señalada significación. El mundo se va paganizando y la abyección de esa paganía requiere, exige la réplica que demuestre, en todo el orbe, que la fe no se enfría. Hay que luchar, resuelta, decididamente, contra la ola de materialismo que lo quiere envolver todo. Es para alarmar la indiferencia que cada día se extiende ante la sensualidad, el amor a la comodidad y la sed insaciable de lujos y riquezas. Recapacitemos. También la Semana Santa, con sus símbolos y su plasticidad, es un modo de reaccionar. Recordemos que “de Dios nadie se ríe” y que “lo que el hombre sembrare, eso recogerá”. España, en estas horas agitadas, convulsas, es un ejemplo. Es lógico y legítimo que nos ufanemos de constituir el último baluarte de la espiritualidad. Prudencia, paciencia, entereza, grandes virtudes que dieron el triunfo en el diálogo, no siempre placentero y fácil, con otros pueblos. Es preciso promover la misma lección en lo religioso. Muchas son las armas que pueden utilizarse en esta gran batalla, cuyos frutos se dejan a las generaciones que han de venir. Frente al comunismo, la Semana Santa.

La Semana Santa, según la certera definición de un sabio agustino, es el punto de culminación de la curva ascendente del año litúrgico. En nuestra España, venturosamente católica, que ha sabido echar por la borda las tentaciones que pretendieron descatolizarla, se intensifican, en estas jornadas, la emoción y el patetismo. Se forjaron una tradición, una historia, un arte y un ambiente. Ellos alcanzan su más esplendorosa plasmación en los rituales, solemnes desfiles de la Semana Santa. En torno a ella fue creándose, también, una mística, una poética.

Desde los días iniciales y balbucientes de nuestra Literatura, en que los actos de la Pasión eran el exponente de la sensibilidad religiosa del pueblo, hasta los días renacientes, en que imagineros, músicos, tallistas, místicos y poetas, pintores y dramaturgos, han rivalizado para exaltar las escenas de la Pasión y la Muerte del Señor, es largo y fecundo el itinerario que se siguió, y tras de las tormentas espirituales, que trajo el sectarismo político, aliado en coyunda de maldad con la agitación social mejor diría, socializante, porque el vocablo, si se mantiene en su prístina pureza, ahora rescatada, es algo mucho más elevado y respetable, hemos vuelto a la férvida consagración, con mayores entusiasmos y más firmes convicciones que nunca.

Francisco Casares: Pregón de Semana Santa 1958

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Pregón 1959

Hay gozos dulcemente atravesados de dolor. Hay dolores dulcemente suavizados por la alegría. Acaso por ello ese “malva” de su manto y palio, donde lo púrpura no tiene cabida, pero donde lo rosa ya se fue de sus bordados. Dolor sereno de la Lágrima virgínea. La Virgen está padeciendo, pero augusta y serenamente. La luz es malva, y cimbrea el manto las flores con un equilibrio melódico, sosegado. La misericordia crucificada. Las lágrimas en estado misericordioso. Serenidad clavada. Diafanidad en cruz. Dulzura dormida. Misericordiosamente está muerto Cristo junto a la Virgen Malva cordobesa. Los aclamarán las gentes por el Poyo o la Corredera, bajo el pórtico, ante el cancel; pero las estrellas irán cantándolo, aires arriba, desde cuya altura se contempla el prodigio:

“Hemos visto un cielo malva,
lunas y estrellas, por Córdoba.
Un cielo que al cielo nuestro
casi, con su gracia, roza.
Un cielo –¡venid, estrellas!–
que a los ángeles asombra.
Hemos visto un cielo malva
con una lumbre redonda
dentro de un barco de oro
con muchas velas a proa.
Un barco cuyo grumete
se llama Misericordia.
Sus cuadernas son doradas.
Su arboladura, caoba.
Navegando en una cruz,
lleva la oración a popa.
¡Mirad cómo se pasea,
lunas y estrellas, por Córdoba!
–Hemos visto un cielo malva
y en su centro, a la Señora.
Cubierta de dulces lágrimas
detrás de su Cristo llora.
¿Quién será, si en este Cielo
no se ha movido la otra?
Estrellas, vamos a verlo.
¡Allí abajo donde asoman
los ojos de los cipreses
de la serranía de Córdoba!
¡Allí abajo –¿no la veis?–
pasa un dolor malva y rosa!
¡Y las estrellas, subidas
al mirador de la Gloria,
por encima de la Noche,
le cantan a la Señora!
–¡Hemos visto un Cielo Malva
lleno de Misericordia!”

Francisco Montero Galvache: Pregón de Semana Santa 1959

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Pregón 1966

Que nadie se deje engañar, porque los que en la umbrosa quietud de un patio, ponen en juego todos sus sentidos para gozar de una copa de vino, lentamente, ritualmente o que hablan con una parquedad que es cortesía y parece que, al levantarse, van a arreglar con un gesto de su mano los pliegues de una toga clásica, guardan unas reservas de actividad, de noble intención y de limpia gallardía, que saben actualizar siempre y con exactitud cuando llega su hora, porque parece que la providencia dispuso que en cada encrucijada de la historia del pensamiento o de la acción, estuviera presente un cordobés.

Así se manifiesta la raíz de universalidad que los hace “ciudadanos del mundo”; hombres sobre el tiempo histórico y sobre las limitaciones de su contorno, que saben crecerse ante el infortunio y la dificultad y no se embriagan por el triunfo: Séneca en la privanza imperial y en el exilio; Aben Hazam proscrito, volviendo oculto para ver de lejos a su amada; Osio puesto en entredicho; los mozárabes como una isla de fe en el mundo hostil del Califato; Maimónides en su añorante peregrinar fuera de Córdoba; Averroes, del éxito a la indigencia; Góngora maltratado por los ingenios de su tiempo; Gonzalo de Córdoba, agudo impertinente cuando la ingratitud lo colma; el Duque de Rivas perseguido, después de dar versos y sangre para gloria de España...

Esta categoría vital se ha proyectado desde siempre en el terreno religioso, haciendo que nuestra Ciudad ocupara lugar de privilegio, porque Cristo, entrañado ontológicamente en su esencia, la llevó a dar apasionado testimonio de El con la sangre de sus mártires; porque de aquí salió la voz que proclamó el Credo, y es nuestro legítimo orgullo que todo el mundo católico rece con palabras de un cordobés; porque luego, se constituyó en enclave de cristiandad, Covadonga del sur se le ha llamado, donde Eulogio y sus discípulos dieron ejemplo de renuncia a la vida por la fe y por la unidad de un destino común en lo universal, trescientos años antes de que se elevaran en su cielo los estandartes de la Cruz...

Y todo ello con ese estilo discreto, pero firme y profundo que hace a Córdoba abrirse cada año, como un inmenso paso de azahar y de estrellas para recibir la carga leve de sus imágenes sobre el empedrado de las calles que, desde siglos, vieron congregarse a pueblo, hermanos y cofrades en torno a la doliente figura del Justo ya la mirada llorosa de María.

Antonio Guzmán Reina: Pregón de Semana Santa 1966

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Pregón 1971

La expresión viva y popular, cocida en la misma entraña del pueblo, de esta Semana Santa, ha podido llegar hasta nuestros días gracias al tesón, al esfuerzo, al entusiasmo y al valor de nuestras cofradías y hermandades.

Es verdaderamente maravilloso el espíritu fraternal que constituye su esencia y la primera de las normas de su disciplina reglamentaria: pero aún es más sorprendente conocer los extremos deliciosos hasta donde llega su espíritu cofradiero. Este espíritu le lleva al cofrade a colocarlo como uno de los atributos esenciales de su personalidad, que se adquiere, se vive y se ejerce con intensa emoción y reverencia, y se transmite con legítimo orgullo a los hijos y herederos.

Influye en las decisiones sociales de cofrades y constituye algo que programa su vida cristiana, sometiéndola en el año a una serie de etapas relacionadas con su integración cofradiera que culmina en los cultos de la Semana Santa, cúspide periódica de su presencia penitente y comunitaria.

El cofrade vive todo el año pensando en la fecha de su desfile profesional, en aquello que se va a hacer en su día cumbre para dar mayor brillantez a la presencia de su imagen en la Semana Santa cordobesa.

Así las cofradías y hermandades ayudan a dar testimonio de unos sentimientos hondos que están profundamente arraigados en la conciencia popular.

Ellas provocan, con su presencia en las calles de Córdoba, un ambiente espiritual tenso y expectante, una concentración popular en torno a unas imágenes que ponen en trance de oración, de penitencia, de arrepentimiento, de fevor, a cuantos acuden presurosos a su convocatoria.

Ellas son las que, heroicamente, año tras año, vigilan celosamente la conservación de su estilo y el de robustecimiento y permanencia de unos valores morales que sin ellas hace mucho tiempo que hubieran desaparecido.

Julio Gutiérrez Rubio: Pregón de Semana Santa 1971

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Pregón 1972

A mí se me figura que pocas veces se puede ahondar más profundamente en el alma de un pueblo, y de inmediato me viene al pensamiento la idea de que se da precisamente en la Semana Santa de Córdoba la característica última, la vena oculta, la entraña ancestral de nuestra Andalucía. En efecto, esa fusión de lo nuevo y lo viejo en una realidad única, se da en nuestras fiestas penitenciales como en pocas otras manifestaciones sociales.

¿Quién sabría, de verdad, decir el cómo y el cuándo nacieron todas y cada una de las costumbres, todos y cada uno de los mil amorosos detalles de esta Semana Santa? No son de ahora, ni de antes; son de siempre. Y para ilustrar mi afirmación baste un ejemplo, un ejemplo característico: el de nuestras saetas.

Y no elijo el ejemplo a humo de pajas, sino precisamente por ser la saeta como el nudo y el eje de esa manera de sentir la Semana Santa que tiene nuestro pueblo.

La saeta es piropo y es plegaria; es, a veces, el requiebro de un pueblo a su Madre Dolorosa, como cuando dice:

¡Madre mía de la Amargura!
junto a Jesús Rescatado,
eres la mejor pintura
que este mundo ha consagrado
a tu divina hermosura.

Otras veces, es meditación reflexiva, exhortación en la que aflora la filosofía popular de un pueblo de filósofos, como es Córdoba:

Madre de Angustias herida
de Córdoba joya y flor,
llevas en brazos la vida
y vas muerta de dolor.

y en ocasiones es el grito esperanzado del pecador que intuye en el dolor del Calvario la redención de su culpa. Así cuando en la noche cordobesa, el pueblo canta diciendo:

Plazuela de Capuchinos
cambia tus piedras en flores,
que pasa por tus caminos
la Virgen de los Dolores
dando consuelos divinos.

Yo sé que a lo largo de los años, hasta nuestros tiempos, han existido grandes saeteros, desde Silverio, Nitri, Marrurro y Curro Durse, hasta Manuel Pavón, Centeno, Vallejo, Fosforito o Curro de Utrera. Yo sé que los poetas cordobeses como Antonio y Francisco Arévalo, Miguel Salcedo, Octavio Díaz Pinés, Eusebio Cañas y tantos otros, han dedicado lo mejor de su inspiración a este grito del alma dolorida que es la saeta.

Rafael Cabello de Alba y Gracia: Pregón de Semana Santa 1972

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Pregón 1975

Por entre los nombres cordobeses del testimonio cordobés del Jueves, la medianoche irrumpirá en la tremenda mar del dolor de todos. Fijaos, entonces, qué palabra: Angustias. Cúspide pura. Angustias en San Pablo. La regla secular, hecha fulgor de pergamino; oro vivísimo el manto; reales documentos en su gloria Angustias. En los brazos, el Hijo. Lección suprema de conformidad. La gubia milagro de Juan de Mesa. Cuarenta años tenía el imaginero al hacerla. La misma mano que labrara al Gran Poder de Sevilla, al Cristo del Amor. ¿Hay angustias mayores que las de ver, muerto, al Hijo, asombro de los poderes mayores? Juan de Mesa la acabó al morir. Fijaos qué simbolismo. Morir cuando la obra es ya perfecta. Mesa murió un día de noviembre, mes de ánimas. y fue pagada con limosnas, como con sufragios. ¡Angustias!... Consonancia con el sufrimiento. Lo angosto, lo difícil. Nombre cíngulo, nombre penitencia, nombre disciplina. Como una alfombra, bajo Ella, los nombres cordobeses de su vía sacra y procesional: Cruz Conde, Malmuerta, Colodro, Santa Marina, San Andrés, San Pablo... La mano de Jesús caída, pero de modo, que cada vez se acerca uno a verla, parece que acaba de caer. Brillo imaginero, como si se estuviera viendo la inmediata resurrección que pelea ya con la Muerte. Algún pájaro, raudísimo, mirándose, al pasar, en sus ojos. Angustias. Ensimismamiento la Mirada de María. Estrellas, ráfagas, cruz, escudos, túnicas. Íntimas Angustias del corazón. Mar cóncavo de silencio el pecho de Cristo. Fulguración de las platas. Vibración de los oros. La Sábana Santa al aire, como para que en su blancura los aromas del aire triste escriban la cálida palabra: Angustias.

Francisco Montero Galvache: Pregón de la Semana Santa de Córdoba 1975

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Pregón 1977

Desde el año pasado, y gracias al esfuerzo de unos cordobesas jóvenes –es verdaderamente impresionante la juventud que hay en las cofradías cordobesas–, se ha incorporado a los desfiles, tras más de una década de ausencia, una antigua cofradía: la de Jesús de la Oración en el Huerto, ese Cristo acongojado ante el ángel que allá por el siglo XVIII era el patrón de los labradores cordobeses y que se veneraba en la desaparecida iglesia de San Nicolás y San Eulogio de la Ajerquía, en donde le rendía culto la hermandad del gremio de los curtidores. La ausencia de Jesús en el Huerto se dejaba sentir en nuestros desfiles procesionales, pues este misterio es desde siempre uno de los que más han llamado la atención de los imaginarios –basta recordar a Salzillo–, posiblemente porque Cristo orando en el Huerto es uno de los episodios más difíciles y más profundos de toda la Pasión. Luego, Jesús condenado, escarnecido, con la Cruz a cuestas, clavado en el Calvario, es Cristo que vive y asume la injusticia; pero la noche del Huerto de Getsemaní, es la prefiguración de toda la Pasión que se avecina, es la radical soledad del hombre sufrida también por el Hijo; es la meditación, el dolor intelectual, el presentimiento, casi la duda, y desde luego, la más absoluta angustia. Jesús en la Oración en el Huerto es Jesús de las Angustias; por eso se le abrieron las arterias, sudó sangre, pidió que pasase el cáliz; por eso, todos los artistas que han tratado la Pasión de Jesús han detenido su sensibilidad en el misterio de la Oración en el Huerto. Un dolor más intelectual que el de Cristo sereno, con las manos atadas, pero majestuoso, como Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado, que desde su alta canastilla barroca, un auténtico trono, pasea por Córdoba con otra media Córdoba detrás, sacando a la calle la devoción arraigada durante todos los viernes del año, hacia la imagen milagrosa del Cristo de Medinaceli cordobés, copia exacta realizada por Pacheco, del que se venera en los Capuchinos de Madrid, y que según cuentan las crónicas, y tantas veces se ha repetido, cuando recién tallado vino a Córdoba, a principios del siglo XVIII, y lo llevaban en procesión al convento de los Trinitarios, el pueblo exclamaba a su paso: “Dichosos padres, que han merecido esta prenda”.

Carmelo Casaño Salido: Pregón de la Semana Santa 1977

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Pregón 1978

En el universo simbológico religioso alcanzan un papel preponderante las imágenes en las religiones de toda la tierra. Ello nos aproxima a establecer una justísima axiología sobre el valor social y cultural de nuestras imágenes de Semana Santa. Las imágenes encuentran siempre sus defensores desde la Antigüedad Clásica. No sólo por su funcionalidad catequética, “Biblia pauperum” las llama San Buenaventura en su “ltinerarium mentis ad Deum”. La razón radical de su alta estimativa religiosa, se puso de manifiesto en la querella bizantina de los iconoclastas. Se profundizó en la concepción de las imágenes, acudiendo a dos principios teológicos irrebatibles:

El orden de la creación: en que el cuerpo humano, por ser continente del espíritu, es aptísimo para representar a Dios, según afirmara Posidonio, y la ley de la encarnación: si Dios adoptó en Cristo figura humana, toda figura humana ha quedado llena de poder expresivo de la divinidad.

No sólo desde la fe, sino aun desde una cultura cristiana, la única que se nos ha legado, hacen bien nuestras cofradías en procesionar sus imágenes, no ya porque no conozcan la figura exacta de Dios, sino porque conocéis a Cristo, sacáis las imágenes de Dios en forma humana, porque estamos convencidos de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. La Creación y la Redención, los dos polos del cristianismo y las últimas razones de toda nuestra Semana Santa.

En la simbología imaginera de todas las culturas, se produce un ascenso histórico desde lo terrible, apofático e inhumano, hacia lo humano como expresión de lo divino, pero en ambos momentos subyace una misma motivación religiosa: hay que ostentar imágenes de Dios y de su ámbito divino, porque la imagen es un medio de retener a Dios y de garantizar su presencia.

Miguel Castillejo Gorraiz: Pregón de Semana Santa 1978

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Pregón 1979

El Retablo de las Cofradías álzase ya, casi completo, en la arquitectura y gallardía de hachones y ciriales cincelados, y al humo de la cera su cruz procesional abre camino como un ex–libris de gloria. Junto a ese culto público y solemne, la vieja tradición popular de los altares, ya desaparecida, tenía el íntimo fervor de un cilicio escondido. Diremos algo sobre esta costumbre, otro tiempo enraizada en los barrios cordobeses.

Se montaban los altares en las galerías de los patios, bajo la arcada mudéjar de las enredaderas o bien en las salas bajas con ventanas a la calle, entre cortinas de encaje y tresillos de anea. Se iluminaban en las noches santas y se velaba al Crucificado ya la Dolorosa en sus urnas de flores de talco, como en un velorio familiar que no excluía la torta de almendra y el anís de Rute, mientras en la calle, desde las rejas abiertas, cantaban las saetas. La Cofradía del Vía–Crucis trabaja ahora por el restablecimiento de esta vieja devoción.

El origen de los altares quizás venga de la orden de supresión de los humilladeros y altares públicos que se dio en 1841. Recogidas las imágenes, unas fueron a iglesias en la Capilla de la Magdalena de la Catedral estuvieron depositadas; otras, como la Virgen de los Plateros, pasaron al Museo Provincial; y algunas, de propiedad particular, devueltas a sus dueños, donde el pueblo siguió adorándolas y visitándolas en los días santos.

Entre las muchas devotas imágenes que se quitaron, las había de gran mérito, como el Nazareno de la calle de la Zapatería, obra de Valdés Leal; estaba también el Señor de la Caña, en la plaza de Aladreros, que se atribuía a Gómez Sandoval; el Ecce–Homo llamado del Arquito Real, que sudó sangre en distintas ocasiones; el Señor de la Cárcel, en la esquina de la calle Odreros; el Cristo de Animas, junto a la plazuela de Don Arias, cuyos faroles de aceite cuidaba Pedro de la Cruz, hermano de las Animas de San Lorenzo; la Cruz de los Gallegos, en la Corredera; el Nazareno del Marqués del Villar , y el Señor de los Reyes, junto a la Fuenseca, hoy en la Parroquia de San Andrés.

Algunos de estos viejos humilladeros se salvaron envueltos en leyendas y oraciones como el Cristo de los Caminantes, los Santos Varones, y el Señor del Pretorio, devotísimo de los vecinos del antiguo barrio del Matadero, que le llenaban de flores la gótica capilla actual junto a la Merced.

Hemos dicho que se cantaban saetas. El Retablo de las Cofradías, con sus frondas de gastados oros y la policromía de sus misterios tutelares, no estaría completo sin el contrapunto espeluznante de la saeta. La saeta cordobesa, llana, melismática, litúrgica, grave, parsimoniosa, sin divismos y gorjeos pulmonares, tiene más de salmo gregoriano que de cante jondo, y por supuesto nada tiene que ver con el trasplante de seguiriyas y martinetes a lo divino. Nunca fue Córdoba “cantaora”: la misma elegancia interior de su pena le hace tragarse las lágrimas; y la saeta, más que teatro preparado y jaleante, fue confesionario.

Pablo García Baena: Pregón de Semana Santa 1979

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Pregón 1980

Es verdad que el sentimiento barroco está, hoy, más muerto que nunca, y sólo en el ámbito de lo religioso popular tienen todavía vigencia. Pero también lo es que estas imágenes procesionales barrocas no sólo conservan intacta su potencia artística, sino que quizás se están volviendo por momentos más aptas para hablarnos del doloroso tema del que son protagonistas y del espíritu de donde brotaron: el de la seguridad de que, a pesar de tan tremendo sufrimiento y aún de la humillación de la muerte –que hay, por ejemplo, en el Cristo Yacente sobre las faldas de su Madre, de nuestra "Virgen de las Angustias", de Juan de Mesa –el final es gozoso y la vida del hombre y su destino adquieren una dignidad y un precio únicos.

Así pues, el Barroco católico, la imaginería barroca, nos garantiza la esperanza. Es decir, nos ayuda a sostenerla. Aún cuando también estemos de acuerdo con Silone cuando escribe, como levantando acta del horror de nuestro mundo, que "en la historia sagrada del hombre sobre la tierra, todavía, por desgracia, es Viernes Santo".

Efectivamente, fue aquí en Córdoba donde comprendí del todo las razones del Barroco, sus temáticas y sus distintas formulaciones expresivas –todas ellas, por cierto, admirablemente representadas en los templos cordobeses y en el aparato procesional de nuestra Semana Santa–, representativas de tres momentos decisivos. El momento surgido en los comienzos de la centuria del siglo XVII , con un concepto estético barroco dotado de una fuerte dependencia del Manierismo renacentista en cuanto a la aplicación de la rigidez de las formas clásicas. El barroco del segundo cuarto de siglo, con su concepto de humanizar lo divino y divinizar lo humano –el ideal barroco del hombre compuesto de espíritu y materia– y su realización de imágenes partiendo de una inspiración en el natural y el realismo anatómico, en combinación con la plasmación de la interioridad espiritual de los personajes. y el momento de finales de siglo, iniciando, un tercer concepto a base de una imaginería de un barroquismo, italianizante, berninesco, efectista, de valores más plásticos que expresivos.

Francisco Zueras Torrens: Pregón de Semana Santa 1980

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Pregón 1981

Pero para el cristiano, aún en el mayor dolor florece la esperanza, y esta noche doliente y nazarena de Miércoles de Pasión se inunda de ilusión y confianza, de gloria y esplendor, cuando irrumpe como un puro relámpago de blancura floral y maravilla, como una aurora mística, deslumbrante de plata y luz y música, de un repique argentino de címbalos y campanillas, NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ y ESPERANZA en su estremecida Plaza de Capuchinos, desbordada del frenesí y el gozo y el amor y el delirio de sus hijos, sembrando un revuelo y un aleteo de rosas de iris y azaleas virginales.

Como el dolor acaso pudo hacerse tan bello, tan radiante de gloria, tan luminoso y lleno de gracia y de pureza, oh mística paloma de la paz andaluza ¿No nos habían contado que el dolor era triste y oscuro y macilento...? ¿Cómo, pues, es tan bello a pesar de tus lágrimas, bajo tu hermoso palio de encaje, entretejido de transparencias áureas, auténtico dosel en el que fulgen vivas, prendidas, las estrellas? ¿Cómo, pues, vas tú así, casi alegre y radiante, como un fugaz lucero, haciendo día a la noche, qué revuelo, mecida en gracia triunfal, sin poner el pie en el suelo, tan dulcemente portada, con tanta gracia y primor, con qué ritmo y armonía, paloma, como si fueras a alzar de inmediato el vuelo, llevada en vilo por ángeles, si ante ti ves cómo tu Hijo, como un cándido lirio de HUMILDAD y PACIENCIA, disponiendo su cuerpo al sacrificio se despoja ya de esa túnica inconsútil que tan primorosamente fueran tejiendo tus manos de madre como el más íntimo recuerdo de tu amor en su evangélico peregrinar por todos los caminos...?

Mas algo tú sabes, Madre, que ilumina tu dolor. Tú sabes algo; tus vírgenes entrañas maternales presienten ya el milagro, y por eso tu dolor es tan blanco y casi alegre, ya que quizá, muy dentro, íntimas voces te confirman la triunfante esperanza en la más gloriosa de las resurrecciones.

Carlos Clementson Cerezo: Pregón de Semana Santa 1981

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Pregón 1982

¿Ni cordobés, ni cofrade? ¿Cuáles son, entonces, los títulos de este pregonero? Hombre y juez, mezcla de andaluz y de manchego, esforzado caminante, con ligero zurrón, lleno siempre, eso sí, de ardor, de fuego y de esperanza, más poseedor de ilusión que titular de las cosas de este mundo. Sin arraigo cotidiano, viajero impenitente, confiado en la bondad de los hombres, luchador sin prebendas ni favores, pendiente de la meta y del camino, buscando el ser, como objetivo permanente, porque creo que el goce de la libertad no se esclaviza por el espíritu.

Sin embargo, ya lo sé, que estas afirmaciones no justifican la aceptación de este reto. Así he de calificarlo. ¿Quién soy yo para pregonar esta Semana Santa? Vosotros lo diréis. Pero, también, desearía poner de manifiesto lo que, en mi opinión, pudieran ser mis más concretas razones:

Recuerdos de mi infancia. En esa atalaya espejeña, junto al surco, no sólo conocí el frío de la helada mañanera y los calores que secan sus campos. Supe también, algo más, que los hombres, a veces, son enemigos feroces de los hombres, que la ceguera les crucifica, sin importarles convertir la historia en jornada de pasión y muerte. Perdón, Señor, por el recuerdo. Pero es que... aún queriendo no puedo ocultar que, tal vez, así comprenda mejor lo que es una Semana Santa. No son sólo las saetas, ni el lujo o sencillez de los pasos. Ni siquiera la belleza de sus vírgenes, ni la expresión de tortura de los Cristos. Es también el sayón, comparsa de quien manda sin escrúpulos, el romano que ejecuta las Órdenes, y obedece sin pensar. Son los Pilatos, los sepulcros blanqueados. Es la cobardía de un pueblo, dónde, no faltan, los cirineos, titubeantes y huidizos. Es el desamor. Es el rechazo de la paz. Es optar por Barrabás.

Diego Palacios Luque: Pregón de Semana Santa 1982

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Pregón 1983

Todo en Ella es rojo, color SANGRE. Por eso precisamente llegando al Cister –donde el Viernes de Dolores el Jardín quedó convertido en “Campo de la SANGRE” –la palma de su martirio íntimo e invisible, se quemará entre la alta cera... Y por la poesía mecida del palio entero, brotará ante el césped ¡esa Amapola! que es la misma Virgen por quien podemos de nuevo llamar a la Plaza “Jardín del Cister” ¡Oliendo intensamente otra vez a primavera!.

Luego el buen capataz, parará el paso ante la puerta cerrada del Cister mismo. A fin de que las dos REINAS “hablen”... LA DE LOS MÁRTIRES que viene, con LA DE LOS ÁNGELES que está:

Y dijo ÁNGELES...
“¡ Qué hermosa vas en tu paso,
vestida de maravillas!
Tú eres la REINA, sencilla
entre lujos de oro y raso”.
Y dijo MÁRTIRES...
“¡ Pero aún más hermosa eres Tú!
que siendo REINA enclaustrada,
vengo a verte en madrugada
para entregarte mi luz”.
Y dijo SAN JUAN...
“¡ Guardemos ahora silencio!
y lloremos nuevamente
entre las nubes de incienso,
detrás de la BUENA MUERTE”.

Y al tocar el martillo de plata, ante el palio grana que es ¡un ascua de amor!... consagrado al martirio de la Virgen; LA REINA DE LOS MÁRTIRES, ajena a su empaque de Gran Señora, se despide de su Hermana de LOS ÁNGELES, diciéndole: “A mirra, áloe y acacia, huelen tus vestidos... Desde los palacios de marfiles, te deleitan las arpas, de tu cohorte de ANGELES...”

Y así en esta madrugada, pudimos ver la grandeza de un martirio que no muere... Mientras LOS ANGELES rezan.

Y así en esta madrugada,
dos REINAS de par belleza,
sí rompieron el silencio...
Por “cumplir con sus realezas".

Fray Ricardo de Córdoba, o.f.m.: Pregón de Semana Santa 1983

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Pregón 1984

Por su Misericordia, Cristo nos da su Gracia, Cristo de Gracia. Si yo buscara una palabra para calificar al Cristo de Gracia, yo diría que esa palabra es la de grandioso, porque es ligeramente superior al tamaño natural, y llena la plaza del Corazón de María y llena las calles por dondequiera que pasa. Cristo que fue de los esparragueros, quizá recordando la materia vegetal de su hechura indiana, presidiendo el Calvario completo y magnífico. Y el Cristo de la Clemencia, con el acierto increíble de reproducir en su paso el Cristo de los Faroles, una de las más universales estampas urbanas cordobesas, hasta el punto de que no se sabe si es que este Cristo de los Faroles ha abandonado su estatismo en la Plaza de Capuchinos y pasea por la ciudad entre la devoción de las gentes, o es que el Cristo de la Clemencia, a su regreso a la plaza, se queda allí para seguir recibiendo todo el año las oraciones de sus devotos.

Y por estas dos advocaciones consoladoras, tenemos otras dos salvíficas: El Cristo de la Salud del santo Vía Crucis y el del Remedio de Ánimas. Porque salud, Sras y Sres, no es solamente salud fisica o corporal, Salud es también estado de gracia y Salud es también el camino para conseguir la gloria. Por eso el Cristo de la Salud tiene este significado en su advocación de carácter salvífico; y además su cofradía, con ese rezo del Vía Crucis por las calles de la ciudad, ha descubierto itinerarios nuevos, increíbles para la Semana Santa de Córdoba, porque al llevarlo directamente sobre sus hombros y sin paso, les permite recorrer ese laberinto de las callejas del barrio de los judíos, del Barrio Judío de Córdoba, o esa parte romántica de la ciudad antigua, de la plaza de Jerónimo Páez, hasta desembocar por el Portillo en la calle de la Feria, antes aludida. Estas dos advocaciones salvíficas, la de la Salud y la del Remedio de Ánimas, es decir el Remedio de las ánimas del purgatorio, de los que esperan poder acceder a la Gloria después de purgar sus pecados. Cristo del Remedio de Ánimas, procesión distinta, procesión impresionante, porque allí los cirios son faroles de viático, y la calavera coronada, y el velo de las tinieblas pendiente de la cruz, y el palio de respeto, y el rezo del rosario –es otra hermandad orante pública en las calles– y el mechón negro del Cristo, al aire de la noche, como si fuera un crespón de luto total; y por esta cofradía Córdoba reza y Córdoba se siente llamada a considerar el momento de su muerte, porque es la cofradía que nos recuerda que todos hemos de morir.

Francisco Melguizo Fernández: Pregón de Semana Santa 1984

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Pregón 1985

Ya llega el fin de esta meditación que realizamos antes de nuestra salida procesional.

Con el rostro cubierto, sentimos la alegría de la hora esperada, la que parecía que nunca iba a llegar .

Todavía, antes de que el Diputado Mayor de Gobierno, desgrane la lista de la Cofradía, tenemos tiempo para mirar a Ellos de nuevo.

También el pregonero, sabiendo la responsabilidad de su misión, como si se tratase de otra estación penitencial, momentos antes de comparecer en este acto, ha estado con un grupo de cofrades en la Capilla de sus Titulares.

Allí, junto al Cristo Muerto, he vuelto a sentir vivencias compartidas en mi Cofradía.

Allí, contigo, hay mucho de mi vida.

Allí, contigo, es donde más he aprendido, porque ante Tu Cuerpo Inerte siento que todavía estorbas a muchos hombres, que quieren verte enterrado para siempre.

He visto cerrada tu boca, la que pronunció las palabras más humanas que jamás se han dicho.

He tocado tus manos yertas, las que trajeron el poder de Dios.

He besado tus pies. Aún llevan incrustado el polvo de los caminos de nuestra tierra.

Pero Tú no estás muerto. Tú no estás enterrado.

Te sentimos en lo más profundo.

Te oímos en los hermanos que sufren.

Te vemos en los que comparten la alegría de vivir y te encontramos siempre que te llamamos.

Por eso, Señor, yo quiero ir con un cirio encendido, para decirle a Córdoba con todas las fuerzas de mi ser, que Tú no estás muerto, que Tú estás vivo, porque tu Sepulcro está vacío.

Y después, Madre, te he mirado a Ti.

A Ti, que eres la Estrella que brilla en el horizonte de nuestras vidas.

A Ti, que nos enseñaste a mirar con Esperanza al Sepulcro.

A Ti, que nos descubriste el valor de la sencillez y de la humildad.

A Ti, que huiste del protagonismo y te consideraste la última entre todas las mujeres.

A Ti, que te entregaste a la voluntad del Señor y nos mostraste que para El no hay nada imposible.

Por eso, todo lo que se diga de Ti es poco, porque Tú eres la Primera Creyente, la Madre de nuestra Fe.

¡Dichosa Tú, que has creído!.

¡Felices los hombres que en sus vidas se guían por tus ojos!

Francisco José Mellado Lucena: Pregón de Semana Santa 1985

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