Cuatro hermanos de la Misericordia han sido pregoneros de la Semana Santa de Córdoba: Francisco Melguizo Fernández, fundador de la hermandad, en 1963 y 1984 (del pregón de 1963 no se conserva copia escrita); Antonio Varo Pineda, en 1986; Ángel María Varo Pineda, en 1991, y Álvaro Pineda Lucena, en 2003. Reproducimos a continuación los pasajes de sus pregones en que hablaron de nuestra cofradía.
Y el Cristo de la Misericordia. Misericordia es piedad del corazón, es decir amor, caridad, capacidad de amar. ¡,Qué queréis que os diga, cordobeses, de mi Cristo de la Misericordia y de su cofradía ? . Los cofrades de la Misericordia, si sentimos haber hecho algo bien en nuestra vida, es haber sacado del olvido, del abandono de la iglesia de la Magdalena a ese antiquísimo Crucificado y haberle dado el culto espléndido que afortunadamente le venimos dando desde hace ya 47 años y de haber creado una cofradía, que hay que reconocer que impuso un estilo, que vino a señalar una línea de organización y de desenvoltura en la calle, de presentación de la hermandad: alegre, luminosa, pero con toda devoción, con toda seriedad, con todo orden. Nosotros nos sentimos muy satisfechos de haberle dado a Córdoba la devoción hacia ese Cristo olvidado y una cofradía que puede sentirse orgullosa de figurar entre las demás que transitan por las calles de la ciudad.
Pregón de la Semana Santa de Córdoba 1984
Permitidme, cofrades, que llegado este punto mis palabras adquieran un tono distinto, que vuestra caritativa benevolencia sabrá disculpar; pero ante el Cristo de la Misericordia, es tal el caudal de recuerdos, emociones y alegrías que se agolpan en mi corazón, mi cabeza y mis ojos, que apenas puedo ordenarlos. Viendo al Cristo de la Misericordia, viendo su costado abierto y sangrante, y sus ojos entornados antes de cerrarse por última vez, sólo una urgente petición de Misericordia se viene a los labios:
¡Misericordia, Señor,
por el grano que sembraste,
por la Tierra que pisaste
para llenarla de Amor.
Por el gozo y el dolor,
por la palabra que hablaste,
por el mal que perdonaste,
¡Misericordia, Señor!
Por tu Sangre y tu Sudor,
por la Muerte y por la Vida,
por el cirio y por la flor,
¡Por tu Madre dolorida,
Misericordia, Señor!
Señor, yo que te he visto bajar de la Cruz del brazo de esos José de Arimatea y Nicodemos del siglo XX que son tus cofrades; yo que te he llevado, a ratos, sobre mi hombro en el Via–Crucis de todas las Cuaremas; yo que te he visto blanco de polvo y escayola en tu segunda restauración; yo que siempre he vivido a tu sombra, porque a los pocos días de nacer mi padre tuvo la bendita idea de inscribirme como cofrade, puedo decirle al mundo que TÚ NO ERES DE MADERA, QUE TÚ NO ERES UN RECUERDO HISTÓRICO, que tu Imagen es un Signo vivo de tu presencia entre los hombres, y que tu Misericordia se hace Carne y Vida, Sangre y Latido cada noche de Miércoles Santo, cuando tienes la delicadeza de salir a buscarnos desde la cima del lujoso Calvario de pan de oro, terciopelo y claveles rojos.
Es tu paso, Santísimo Cristo, resumen y compendio de vivencias y símbolos cofrades: si en el frontal va el escudo de tu Hermandad escoltado por dos ángeles, como señal de que esa Cofradía ha hecho de Ti la razón de su vida, la parte posterior, con el escudo de Córdoba, representa que toda la ciudad te sigue por las calles en tu noche triunfal; y si los laterales representan un rostro tuyo y otro de tu Madre, ambos agobiados por el dolor, aquí y allí, entre la decoración vegetal, florecen los frutos de la Redención que Tú hiciste brotar del árbol de la Cruz, mientras en las esquinas cuatro ramas de faroles encendidos quieren hacer llegar a tu Semblante la luz de su cera. Y finalmente, a tus pies, bajo ese tupido calvario de claveles que sembraron con cariño esas manos que Tú y yo bien conocemos, van tus costaleros, que hacen del costal y la faja prendas de gala, Amor y penitencia. Estos costaleros, como los de todos los pasos de Córdoba, son la juventud cordobesa que quiere poner su esfuerzo al servicio de una causa en la que cree.
No voy a idealizarlos: no son ángeles, pues si lo fueran no tendría mérito su labor, pero hacen algo tan digno de respeto y admiración como cargar sobre sus hombros, con absoluto desinterés y anonimato, la Cruz de Cristo convertida en trabajadera; y ya metidos bajo el palo, ellos serán el medio de que Dios se vale, como único y auténtico Capataz, para repetir el milagro anual de la salida:
A la voz del capataz,
ya empiezan los costaleros,
–“¡Hermanos, a ésta es!”–
a recorrer el sendero
con Cristo el Hijo de
Dios enclavado en el Madero:
¡Ya va la Misericordia
detrás de sus nazarenos!
Ya va a salir de la Iglesia,
se va apagando el rumor,
el capataz ha gritado:
–“¡Silencio, callarse «tós»!”
De pronto reina el silencio
y sólo se oye una voz;
bajo el arco de la puerta
pasa la Cruz, ya pasó,
ya sólo falta que salga
la trasera y un farol,
y en la Plaza abarrotada
ha estallado la ovación,
¡que un año más, como siempre,
y aunque San Pedro cerró,
estará la Cofradía
cumpliendo su obligación,
y entre piedras milenarias
y entre naranjos en flor,
saldrá la Misericordia
por voluntad del Señor!
Pregón de la Semana Santa de Córdoba 1986
Cuántas veces, Señor, nos hemos mirado frente a frente. Como hace tan sólo unos minutos, –¿Recuerdas?– cuando en la soledad del claustro jerónimo, postrado a tus pies, te imploraba fuerzas para mi pregón. Cuántas veces, Señor, hemos hablado en profunda intimidad. Tú no necesitas que te cuente mis cosas porque las sabes. Soy yo quien necesita contártelas. Cuántas veces has consolado mi llanto, mi soledad, mi angustia. Tú no necesitas mis manos, soy yo quien busca como el aire tus brazos abiertos. Tú no necesitas, Señor, ni siquiera, mi voz y mis ojos la noche del Miércoles Santo, Soy yo quien día a día, estoy necesitado de tu palabra y de tu luz. Pero Tú siempre estás en tu cruz cuando te busco. y si me olvido, te las arreglas para cruzarte en mi camino. Tú eres, por tu Misericordia infinita, el más fiel de los capataces...
¿Que yo soy tu capataz?
Bien sabes que no, Señor.
En mi diario caminar,
yo sólo sigo al andar
lo que me dicta tu voz...
Tú eres quien da al llamador,
y yo quien lleva el costal.
No me dejes de guiar
ni un paso de mi sendero
que, como soy costalero,
y ando en oscuridad
si no te escucho voy ciego
y es torpe mi caminar.
Mándame que lo ande breve
o a paso de chicotá;
calzado bajo el costal
iré a donde tú me lleves...
a mí, Señor , me da igual.
Sé que puedo confiar
en los ecos de tu voz,
tú sabes mejor que yo
qué paso es el que hay que dar…
¡Hágase tu voluntad,
con mi sangre y mi sudor!
Disculpadme, cofrades, si mi voz se escucha quebrada en este punto del pregón. Pero han sido muchos los momentos vividos al cobijo de esa bendita imagen. Permitidme que hoy saque a la luz al menos uno, quizá el más pequeño, pero que por su sencillez y al mismo tiempo por su grandeza, quedó por siempre grabado en la memoria de este pregonero.
Era la noche del Miércoles Santo de 1987. Recién salidos de la catedral, bajábamos despacio la calle Cardenal González. Era el final de una chicotá. Una vez el paso en tierra, me volví para esperar las órdenes del fiscal. De pronto, entre el tumulto de la gente que acompañaba el caminar de la cofradía, una emoción indescriptible recorrió mi cuerpo y mi alma al contemplar, casi escondida, casi avergonzada de que alguien pudiera verla, una mujer que asomaba discretísimamente su rostro al zaguán de su casa, mientras sus ojos llenos de lágrimas, se clavaban en la cara de mi Cristo. Aquella mujer, que rezaba en silencio con su boca entreabierta, cimentó sin saberlo mi más profunda vocación cofrade. Consternado, me pareció escuchar en mi imaginación...
Señor, soy la magdalena
que a tu paso se convierte.
Si yo no olvido tu muerte,
no olvides, Señor, mi pena.
Y en esta noche serena
que a la calle salgo a verte,
quiero mi amor ofrecerte
para decirte después:
Como María Magdalena,
con ungüentos de azucena,
vengo a perfumar tus pies.
Pregón de la Semana Santa de Córdoba 1991
Pasó el tiempo y mi cuerpo, lentamente, se fue estirando y, después de aquellos años de esclavina, vino lo que podríamos llamar la “puesta de largo” de un cofrade como es el momento, tantas veces esperado y soñado durante la infancia, de estrenar el primer capirote, regalo de nuestros padres y comprado en ese tradicional establecimiento de Arenas. Con nuestro primer capirote, llegaría también nuestro primer cirio y con él, nuestras primeras estaciones verdaderamente penitenciales, en las que comenzábamos a encontrar ese sentido profundamente religioso que toda Estación de Penitencia posee en sí misma, y que a los ojos de un niño, lógicamente, pasa inadvertido.
Pero si la Estación de Penitencia es el medio a través del que los cofrades encontramos pleno sentido a nuestra devoción y nuestra fe en Cristo y María, en la vida de una Cofradía existen también momentos en los que podemos, de alguna manera, compartir también con Cristo esa experiencia del dolor, de un dolor que no es inútil y que da fruto. En las celebraciones del tradicional Vía Crucis del Viernes de Dolores de mi Hermandad de la Misericordia, he tenido la enorme dicha de portar sobre mi hombro la imagen de ese Cristo de la Misericordia, y sentir el peso del madero redentor. Estoy seguro que Él es quién, año tras año, nos atrae hasta su Cruz, y aunque sólo sea por unos minutos, nos invita a convertirnos en cirineos con los que repartir el peso del madero...
En tus brazos extendidos,
Misericordia, Señor, derramas
y en tus ojos mortecinos
una dulce mirada me llama
que me quema como un fuego
lo más profundo del alma.
Clavado en esa nuestra cruz,
testigo sin par de tu muerte
cambiarás nuestra suerte
hasta la más radiante luz.
Yo te rezo, yo te adoro
porque no hay mayor tesoro
que sentir yo tu presencia
en mi caminar penitente
cuando falta la paciencia
en este mundo tantas veces amargo e indolente.
Cuando me llegue la hora,
Cristo de la Misericordia,
en una abrazo de concordia
estréchame sin demora,
dame tu perdón, tu amor y tu paz,
de Dios y hombre cabal.
En un lugar especialísimo de mi corazón, el que se merece una Mujer única e irremplazable como toda madre, que es Madre de Cristo y Madre mía, guardo y así espero seguir haciéndolo todos los días de mi vida, un cariño y un amor grande –aunque, a veces, me cueste demostrarlo– hacia esa Virgen Santísima de las Lágrimas en su Desamparo, que me ha visto nacer, crecer, convertirme en hombre, y que un día será testigo de mi partida hacia el abrazo definitivo que ese Cristo de la Misericordia, con sus brazos extendidos y siempre abiertos, nos ofrece. Ella ha sido testigo de mis confidencias de niño, de adolescente, de hombre ya. Ella me he encomendado en innumerables ocasiones de mi vida para pedirle tranquilidad y éxito en mis exámenes, durante mis años de estudiante, salud para mis seres más queridos, el descanso eterno para familiares o hermanos de la Cofradía, sabiduría y paciencia en mis empresas sentimentales, paciencia en las tareas profesionales, consuelo en los desengaños y sinsabores de la vida y siempre me ha concedido lo pedido, o me ha dado la Fe suficiente para saber sobrellevar la Cruz pequeña o grande, que, en un determinado momento, me haya tocado sobrellevar.
Yo quisiera Madre amada
ser en tu mano delicado pañuelo
que enjugara en tu cara
esas Lágrimas de duelo.
Yo quisiera, Madre Amada,
aliviar tu Desamparo
con requiebros de alborada,
con piropos que he soñado
en una noche estrellada
que contigo yo soñaba.
Y soñaba yo que un día,
quiera Dios aún lejano,
en tus brazos me cogías;
irrumpiendo en tu regazo,
me cantabas tiernas nanas
y en un sueño regalado
te veía y no llorabas;
se acabó tu llanto amargo,
terminó tu Desamparo
porque el Hijo a quien amabas
¡vive! ¡ha resucitado!
Pregón de la Semana Santa de Córdoba 2003

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