ALTO GUADALQUIVIR 2001

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EL ROSTRO DE CRISTO EN LA VIVENCIA COFRADE, por Francisco ALCALDE MOYA

 

 

 

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EL ROSTRO DE CRISTO EN LA VIVENCIA COFRADE

ALTO GUADALQUIVIR llega puntual a su cita con la sociedad cordobesa y, en especial, con la Córdoba cofrade en los umbrales siempre gozosos de una nueva Semana Santa y cuando el azahar ya ha florecido en los naranjos de las calles y plazas de esta ciudad que se prepara, un año más, a celebrar el drama de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor y su Resurrección gloriosa al tercer día. He de agradecer, en mi condición de presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Córdoba, la oportunidad que la Obra Social y Cultural de CajaSur me ha brindado, a través de ALTO GUADALQUIVIR, para dirigirme desde esta honrosa tribuna a todos los que sienten y aman el rico en matices mundo de nuestras hermandades y cofradías. Y quiero, en segundo lugar, agradecer a la Obra Social y Cultural de CajaSur la continuidad de esta publicación que se ha convertido en un clásico esperado que anuncia nuestra Semana Mayor y que alcanza una enorme importancia, a veces poco reconocida, como instrumento para difundir un conocimiento más profundo de los valores de la Semana Santa cordobesa.

La Agrupación de Hermandades y Cofradías, consciente de los valores que se entrecruzan y complementan en nuestra Semana Santa como un hecho fundamentalmente religioso pero a la vez multidisciplinar, ha querido desde el principio del nuevo mandato de gobierno imprimir a su acción diaria una gran importancia a la formación cultural dentro del humanismo cristiano.

Las hermandades y cofradías como asociaciones públicas de la Iglesia deben ocuparse y preocuparse por asumir, desde su condición de Iglesia, los nuevos retos que la sociedad de este tercer milenio les demanda y deben, desde esa óptica humanista y cristiana, sentar unas bases sólidas para dar respuesta a las preguntas del hombre en este Tercer Milenio Cristiano.

Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en su carta apostólica Novo Millenio Ineunte se refiere a la Iglesia peregrina que, por analogía, podemos aplicar a lo que es una cofradía: “Me he parado a mirar las largas filas de peregrinos en espera paciente de cruzar la Puerta Santa. En cada uno de ellos trataba de imaginar una historia de encuentro con Cristo y que en el diálogo con Él reemprendía su camino de esperanza. Observando también el continuo fluir de los grupos, los veía como una imagen plástica de la Iglesia peregrina. Nosotros sólo podemos observar el aspecto más externo de este acontecimiento singular”.

Otra de las preocupaciones más palpables en nuestras cofradías son los jóvenes puesto que “si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz” y llamados a ser “centinelas de la mañana” en esta aurora del nuevo milenio.

En los misterios que preceden a nuestra Salvación, la Pasión y Muerte del único Señor de la Historia, debemos pararnos para interiorizarlos y contemplarlos. Los cofrades como cristianos que somos estamos llamados a contemplar el rostro de Cristo. Rostro de profunda agonía en Getsemaní pidiendo al Padre que aleje de Él, si es posible, la copa del sufrimiento “pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo”. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del “rostro” del pecado .

Rostro sufriente y desesperado en la Cruz sobre el Calvario: Cristo que se siente abandonado y pregunta al Padre el motivo de su abandono sin que ello suponga delatar la angustia de un desesperado , “sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, abandonado por el Padre, Él se abandona en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre... Sólo Él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor”.

Pero esta contemplación de este rostro ensangrentado pasará tras el Viernes y Sábado Santos, porque al amanecer del Domingo, “la resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo”. Ahora, miramos a Cristo resucitado en el domingo luminoso de Resurrección compartiendo la Alegría de María y de sus discípulos.

Todo ello desde la particular y válida visión de nuestro ser cofrade en el que encontramos la fe en ese Cristo sufriente, bajo el peso de la Cruz liberadora que resucita y nos abre las puertas de la vida eterna y en María, Madre de Dios y Madre nuestra, corredentora en la misión salvífica del Hijo.

Francisco M. ALCALDE MOYA

 

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