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FOTOS
DEL MIÉRCOLES SANTO, 4 DE ABRIL DE 2007, CEDIDAS AMABLEMENTE
POR VÍCTOR OLIVENCIA
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FOTOS
DEL MIÉRCOLES SANTO, 4 DE ABRIL DE 2007, CEDIDAS AMABLEMENTE
POR ALFONSO LEÑA
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DIARIO
CÓRDOBA
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ABC
CÓRDOBA
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EL
DÍA DE CÓRDOBA
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La morada resurrección de los alhelíesANTONIO VARO Pilar Melguizo es la única persona que estuvo preparando la primera salida procesional del Cristo de la Misericordia, en 1937, y que ayer participó en los preparativos y en la estación de penitencia de la cofradía fundada hace siete décadas por su hermano Francisco. Con alhelíes morados salió el Cristo en los primeros años de la cofradía, y ayer la hermandad --Pilar Melguizo es el testigo del relevo-- quiso recordar su propia historia y darle vida al álbum de fotos antiguas que custodia con celo en un armario de la casa de hermandad. Siete décadas dan mucho de sí. En la hermandad han cambiado muchas personas y algunas cosas, pero el sello malva y oro y el emblema del Silencio Blanco con que se la empezó a conocer el año 37 siguen marcando el estilo de la primera hermandad de Córdoba que puede presumir de basilical. Muy cerca de los 300 nazarenos estuvo ayer la nómina de salida de la Misericordia, que saliço con retraso por la lluvia y acortó su recorrido. Tres centenares de túnicas blancas con faja morada, en un cortejo que se jacta con razón de ser de los más completos y armónicos de Córdoba en insignias y atributos. Porque, a diferencia de los que van a ver otras cofradías, quien se acerca a la Misericordia sabe de antemano lo que se va a encontrar: un paso de madera dorada sencillo y simple en comparación con los Guzmanes más contemporáneos, pero con el sabor de la solera en sus entrañas. Y un paso de palio de aspecto, dimensiones y colores fuera del canon convencional, pero que es un joyero malva y oro para custodiar el Desamparo inigualable de la Virgen de las Lágrimas. PDF de la crónica general del Miércoles Santo en el diario Córdoba
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La noche vence a los fantasmas de la lluviaLUIS MIRANDA [...] La Misericordia salió, pero con retraso y por el camino más corto: calle Juan de Mesa, Corredera y Espartería. Otra salida ajustada y hermosa de la basílica de San Pedro. Se ha recuperado definitivamente la hermandad de la larga crisis y ahora vuelve a tener las filas llenas de nazarenos. No sólo había gozo por que el Miércoles Santo estuviera en la calle, sino porque estaban naciendo las horas más grandes de la Semana Santa. Iba majestuoso el Cristo de la Misericordia sobre su trono de alhelíes morados, llenando la plaza con la grandeza de ese trono al que nadie debería tocarle ni una astilla. Cuando apareció la Virgen de las Lágrimas en su palacio malva y oro, muchos cordobeses quedaron prendados de su ambiente, de su luz y de la belleza de la imagen, y decidieron disfrutar una noche que fue hermosa... [...] |
El desafío de malva y oroR. LOPERA Un cielo enrojecido cubría la iglesia San Pedro. Otra vez lo mismo, las nubes amenazaban con descargar justo en el momento de la salida. Un susurro de ruegos y súplicas dominaba la plaza. La multitud miraba hacia arriba, rogando clemencia, clamando piedad. La hermandad decidía dar una prórroga de media hora para que la tormenta pasase de largo. Esta decisión iba acompañada de un cambio de recorrido que, en caso de llevarse a cabo, tenía como fin evitar el chaparrón y llegar a tiempo a la carrera oficial. Pero hasta las 21.15 nada se supo. Cuando las manecillas del reloj marcaban esa hora, las cientos de personas que aguardaban impacientes en los alrededores del templo fernandino empezaban a desanimarse. Todo estaba en el aire. Pero, de repente, el portón de San Pedro se abrió y la cruz de guía anuncia la luz. El aplauso no se hizo esperar. Casi todo el mundo había dado por perdida la procesión. Pero obró el milagro y el crucificado atravesaba las jambas de los Santos Mártires en el entorno de las 21.30. Se dirigía directamente a la Corredera, sin pasar por la calle Lineros, con el fin de acortar el recorrido y que la lluvia no sorprendiese al cortejo. A la gente no le importaba esta decisión de última hora. Lo importante es que la procesión estaba en la calle, desafiando al cielo. La Banda de Cornetas y Tambores de Nuestro Padre Jesús de la Coronación de Espinas entona la Marcha Real, y los ánimos se elevaban. Se trata de una de las procesiones más solemnes de la Semana Santa cordobesa, donde la oración y el recogimiento van de la mano de la alegría de estas fechas. El Cristo, crucificado, de malva y oro, pedía misericordia a todos los que lo humillaron en su camino hacia el monte del Calvario. Su rostro denotaba sufrimiento y compasión. Justo delante de él, un largo cortejo evidenciaba la devoción que San Pedro profesa a su crucificado. La Virgen no salió hasta media hora más tarde, pero el recibimiento no fue menor. Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo reflejaba tristeza, desesperación, de ver el sufrimiento de su hijo. El dolor se extendía entre los fieles, quienes se compadecían de la trágica estampa. El olor a incienso impregnaba el ambiente. Los candelabros
arbóreos abrazaban el cielo. El ruido del llamador retumbaba
en todo San Pedro. “Gracias a Dios, ha sido posible”,
decía un hermano que llegó a temer que no saliera.
Los balcones recibían engalanados a Cristo sobre la cruz.
El blanco de los cubrerrostros que desfilaban delante de los pasos
resplandecía en una noche que acababa de empezar. Entre aplausos
y saetas, se sucedían profundos silencios que denotaban el
respeto hacia la hermandad. San Pedro pudo disfrutar de su procesión
gracias a la valentía de los responsables de la cofradía
que desafiaron a un cielo cubierto de nubes que finalmente no descargaron. |
por UN NAZARENO BLANCO
El nazareno que estrenaba la medalla del cincuentenario no las tenía todas consigo. La lluvia había desmantelado el Martes Santo, y el Miércoles no había amanecido con mejores augurios. A mediodía cayó un fuerte chaparrón sobre la Ribera, y los tejados de San Pedro aliviaban su descarga sobre el granito de la plaza. Todo hacía prever que la estación de penitencia se suspendería.
Llegó la hora de comparecer en la basílica. Los blancos nazarenos brotaban de las casas de alrededor o llegaban andando presurosos a la puerta de la sacristía. El cielo seguía cubierto de nubes, pero con espacios en azul que, por el exceso de confianza a que podían dar lugar, producían más incertidumbre que esperanza.
—¿Adónde mira el ángel?
El ángel es la veleta de la torre de San Pedro, que dirige su mirada hacia donde el viento le mueva las alas.
—¿Mira hacia Las Tendillas? Entonces no llueve.
Si el ángel de la torre de San Pedro mira hacia Las Tendillas no llueve. Si mira hacia el río… Agua segura.
El ángel de la torre de San Pedro miraba esta vez a Las Tendillas. La junta de gobierno había decidido demorar media hora la salida, recortando el camino de ida para llegar a carrera oficial a la hora señalada.
A las ocho dio comienzo la misa de nazarenos. Tres centenares de túnicas blancas siguieron con recogimiento los sagrados misterios. Recordó el consiliario en su homilía que la hermandad tenía por primer titular al Santísimo Sacramento, lo que conlleva un compromiso de centrar en la Eucaristía la vida del cofrade, la vida del cristiano. Evocó también las palabras del Papa sobre el Sacramento del Amor, y pidió a todos los hermanos que, siguiendo las indicaciones del obispo, ofrecieran la estación de penitencia con carácter de expiación por las “vejaciones reprobables y escandalosas de las imágenes sacrosantas del Señor y de la Santísima Virgen, e incluso del augusto sacramento de la Eucaristía” que se han producido “en las últimas semanas, en varios puntos de España, cercanos y lejanos”.

Y justo cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración, un rayo de sol se coló por el enorme rosetón —el ojo de Dios— y brilló en la hornacina central del retablo. En esa misa, Dios se estaba haciendo presente de dos formas simultáneas: primera y principalmente, en la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor, y segunda, en la irrupción de la luz. En esa misa de nazarenos, Dios no se hacía sólo pan y vino, carne y sangre, sino también luz y esperanza.
En su sitio esperaban los pasos. La luz encendida de la candelería del palio daba calidez y compañía a las lágrimas desamparadas de la Señora. Frente a Ella, el Hijo crucificado elevaba su cruz sobre un calvario de alhelíes morados. Décadas hacía que no llevaba un exorno floral de alhelíes. El Miércoles Santo del 70 aniversario fundacional de la cofradía de penitencia, alrededor del paso se derramaba el envolvente aroma de los recuerdos más profundos.

Con la cofradía formada, el nazareno que estrenaba la medalla del cincuentenario ocupaba su lugar ante el paso del Señor. Tenía ante sus ojos, por muy pocos minutos, a la Señora del palio malva y oro. No volvería a verla hasta el regreso, unas cuantas horas después. Las luces eléctricas apagadas daban el protagonismo en exclusiva a la cera de los pasos, que se envolvían con las volutas del incienso en un apasionado abrazo de calor y misticismo. Quizá el incienso ante las imágenes tenga también ese simbolismo: el de hacernos ver físicamente que Dios es un misterio, que Dios es sobre todo un sentimiento, como el que hizo pensar al nazareno que esa estampa que tenía ante sus ojos compensaba muchas cosas. O mejor dicho, compensaba todas las cosas. Todas.

Y se abrió la puerta, media hora más tarde de lo previsto. Los viejos portones de San Pedro, rejuvenecidos con su responsabilidad basilical, mostraron un chirrido grave, en el que se podía adivinar un timbre de alegría.
Unos minutos antes, mientras la comitiva se formaba en el espacio íntimo y solemne de las naves, el nazareno que estrenaba la medalla del cincuentenario había dejado a su hijo en el sector de cirios infantiles. Le había dado un abrazo fuerte, deseándole buena estación de penitencia. Y su hijo le había dicho:
—Papá, perdona que no te dé un beso, pero es que tengo puesto el cubrerrostro.
UN NAZARENO BLANCO
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